Bachiller. Es como si los años hubiesen pasado de un soplo, como si una pequeña brisa se los hubiese llevado en un sólo segundo.
Me acuerdo cuando por fin llegué al instituto, nuestro primer día, no sólo mío, sino para todos los de mi clase... lo emocionada que estaba (fíjate, ¡primero de ESO!, exclamábamos), y mirábamos a los de Bachiller como a gente joven, mayor y sabia, y nos imponían respeto.
Y ahora que me encuentro en su lugar, veo que absolutamente nada ha cambiado. Bueno, hemos ido madurando, claro que sí, pero ahora que me paro y me pongo a pensar, ha pasado todo demasiado deprisa. Más de lo que me gustaría. Recuerdo con añoranza los recreos del colegio, jugando a la goma, al tula en alto, a "polis y cacos", a las Bratz y a los tazos. Me acuerdo de mis grandes sábados, esos en los que voluntariamente me levantaba a las 7 de la mañana para poder ver Pokémon, Digimon y Megatrix. Me acuerdo cuando no teníamos responsabilidades, que tener dinero era tener un euro (o cien pesetas) para comprarnos chucherías en el quiosco de al lado. Que cabrearse con alguien era cuestión de días o de una semana. Que para pasárselo bien sólo necesitábamos de nuestra imaginación. Me acuerdo que la cama era el barco pirata, la percha era el garfio del temido Capitán Garfio, y una simple caja de cartón era nuestra casita de las hadas...Los tacones de mamá o las gafas de papá. Cuando presumíamos delante del espejo poniéndonos el maquillaje. Cuando ser guay implicaba tener el mayor número de cromos o stickers. Cuando las multiplicaciones eran díficiles y dividir nos costaba siglos...
Y todo eso, pensar que tantas cosas, tantas emociones y tantas vivencias compartidas han pasado tan rápido... Como en un abrir y cerrar de ojos. Ahora ya vamos a empezar a tener responsabilidades, a preocuparnos por la vida y a sacarnos adelante. 16 años en una fracción de segundo.
Sigo pensando que hemos crecido muy deprisa...
WhiskeyClouds*